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- VieJourneys Guatemala
- May 19
- 4 min read
Por Guillermo Montoya

Foto: Nelo Mijangos
Guatemala en los últimos meses ha estado en el radar turístico a nivel internacional y va incrementando el flujo turístico en el mismo. Campañas institucionales, videos que muchos individuales han compartido sobre sus experiencias de viaje, otros, documentando lo increíble que es el país en término cultural, gastronómico y de aventura, han sido las herramientas de comunicación efectivas para llamar la atención del futuro visitante, y para el local una satisfacción de aparecer en el listado como país emergente en turismo.
Ahora bien, soy de la opinión que toda acción tiene una reacción, el incremento de la incidencia de visitar Guatemala ha sido la exposición de las imágenes de los volcanes activos del país, el cual sobrepasa los límites de su capacidad de carga. Recuerdo que en el 2013, tuve la oportunidad de subir al Volcán Acatenango, éramos un grupo de 12 personas, cada metro de ascensión era palpable, el esfuerzo físico y mental cada hora era más fuerte. Cuando llegamos al campamento base, nada estaba montado, solo era el espacio físico en donde debíamos de armar nuestra propia tienda de acampar, esto era la parte de nuestra experiencia, mientras armábamos la tienda, los guías se encargaban de preparar la cena, era una integración como grupo, ya que teníamos un sistema de colaboración entre nosotros, a eso, cada quien era responsable de guardar en sus mochilas todo el plástico (botellas, bolsas, bolsitas, etc.) para no dejarlo en el espacio que usamos para tal efecto.
Al día siguiente, la segunda parte de la aventura, subir esos últimos 400 metros del campamento base hacia el cráter del volcán, requirió tener una mentalidad positiva, y un esfuerzo físico retador y tener seguridad en cada paso, ya que al lado derecho se puede observar lo que fue la chimenea volcánica, por lo que un paso en falso podía provocar un incidente. Al llegar a la cima, recuerdo al guía decir: "¡Este es tu diploma de graduación!", esas palabras alimentan no únicamente el sentir de culminación, sino también al espíritu aventurero. Para mi gran sorpresa, a la distancia, el coloso Chi´q´aq, aún quieto, sin efusión, solo tranquilidad, al ver al oriente, el sol saliendo en el horizonte, el Hunajpú (el centinela de La Antigua Guatemala) semicubierto por un manto nuboso y que al mismo tiempo cubre a la ciudad antigüeña, hacia el poniente, la sombra del Acatenango apuntando hacia el majestuoso lago de Atitlán, donde los colosos Atitlán, Tolimán, San Pedro y a lo lejano, el volcán Yaxcanul, hacia el sur, el mar del Pacífico y hacia el norte las montañas guatemaltecas.
La Magia de este viaje
Ese recorrido con una vista de 360 grados al país desde las alturas fue mágico por las siguientes razones:
El silencio como una acción no solicitada. En un mundo donde el ruido se ha normalizado como señal de progreso, el volcán nos ofreció lo contrario: solo el viento, solo la tierra hablando en su propio idioma. Nadie interrumpió ese lenguaje, esa armonía. Ese silencio colectivo, sostenido por cuarenta personas en su cima, no fue casualidad; fue una decisión implícita de respeto entre todos.
La limpieza como responsabilidad compartida. No había basura. Ni una. Lo que a primera vista parece una simple observación es, en realidad, un indicador profundo: alguien cuidó ese espacio antes de que llegáramos, y nosotros lo devolvimos intacto. En un país donde el abandono de residuos se ha vuelto costumbre paisajística, encontrar un lugar prístino debería leerse como un acto de resistencia y demanda cívica.
La escala humana como privilegio. Éramos cuarenta allá arriba. No cuatrocientos. Esa cifra importa. La masificación del turismo ha convertido sitios sagrados en escenarios de consumo. Presenciar este lugar desde la escasez de cuerpos permitió que cada persona pudiera realmente estar ahí, sin empujones ni distracciones, sin celebraciones bulliciosas, simplemente con la vista despejada hacia el horizonte circular.
La conciencia de comunidad en tránsito. Éramos un grupo, sí, pero más que eso: éramos visitantes temporales de algo que nos precede y nos sobrevivirá. Esa conciencia de paso, de que este bello lugar no nos pertenece, sino que lo habitamos momentáneamente, es exactamente el tipo de vínculo que la ciudadanía ambiental necesita cultivar.
Hoy en día, todo lo anteriormente descrito es muy difícil de hacer y encontrar, el sobreturismo, la individualidad egoísta de muchas personas, no permiten realmente tener un viaje realmente placentero, únicamente se logra una satisfacción superficial, que no llega al umbral de nuestra esencia como ser humano.
Vivimos en un mundo donde se consume de una manera voraz, cuando en realidad debe de apreciarse y vivir el momento de una manera digna y fuera de una moda de fotografía, todos están allí haciendo exactamente lo mismo, pero está en uno vivirlo a una manera muy propia y aislada para disfrutar cada momento.
¿Cómo contribuir?
Para poder contribuir en el Pilar de la Sostenibilidad Ambiental cuando nos aventuramos a ascender un volcán, montaña, cerro, risco, podemos poner en práctica lo siguiente.
1) Reconocer y saber que el espacio al que estaremos visitando no nos pertenece, por tanto, debemos de dar respeto a la zona de vida.
2) Reconectar con nosotros mismos, darnos un momento de introspección, cuestionar nuestras acciones y hábitos como viajeros, visitantes.
3) Desde la planificación del viaje, tener muy claro que lo que llevaré conmigo lo debo de traer de vuelta y no dejarlo tirado en el camino (en términos de basura).
4) Cohesión, aunque viajemos solos, nunca es tarde para trabajar en equipo, en armonía y con actitud positiva para mantener las zonas de vida intactas.
5) Ser un visitante o turista responsable, y para ello debemos de inculcar una cultura turística, valorando y apreciando así lo que tenemos.

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